Calmando la mente (Parte II)

Hábitos de Pensamiento

         Para comprender cómo funcionan nuestros hábitos de pensamiento es útil revisar las metáforas y analogías que se suelen utilizar para explicarlos.

         Una de éstas es la del patrón que crea el esquiador en la nieve la primera vez que se lanza, facilitando así la segunda, tercera y próximas pasadas. De esta manera repetimos pensamientos. Una vez que pensamos “soy un tonto”, será más fácil volver a pensarlo y más difícil de abandonar.

         Otra manera de reflexionar acerca de los hábitos de pensamiento es equiparándolos con la construcción de rieles para trenes. Estas rutinas mentales o ideas construyen rieles por los que pasan los trenes de pensamientos, emociones y fantasías. De esta manera, nos vemos lanzados en esos trenes sin saber quien los maneja.

         Los pensamientos habituales suelen ser muy fugaces. Es difícil notar su presencia porque se han convertido en una costumbre, una idea formada, un valor y, por lo tanto, en una reacción automática. A veces durante una meditación, una terapia o conversando con un amigo descubrimos algunas de estas tendencias.

         Parte del entrenamiento mental es hacer consciencia de los rieles y trenes que hemos construido y de admitir que no los estamos manejando. De vez en cuando un viejo tren nos llevará consigo. Así es la mente. Cuando esto sucede nos volvemos a traer al ahora, a la estación de trenes. Allí podemos sentarnos sin abordarlos, verlos pasar, uno tras otro. Volveré a este tema más adelante.

         No es que pensar sea un problema o que está mal, sino que casi nunca estamos presentes en nuestras vidas y esto nos hace, en su exceso, caer en depresiones y tener problemas de ansiedad o, en menor grado, a tender a la preocupación. A la larga también nos hace tomar malas decisiones y sentir que no hemos disfrutado de cada momento.

         Esta falta de presencia se ve claramente cuando estamos caminando hacia nuestra habitación para buscar las llaves y al llegar no recordamos lo que íbamos a hacer. Un tren nos llevó y no sabemos dónde estamos.

         A veces no estamos presentes, pero tampoco estamos completamente en la cabeza, sino en una especie de limbo. Para usar otra metáfora, estamos como un computador cuando está en descanso. No está procesando información, ni recibiendo datos nuevos.

         En este estado también tomamos malas decisiones porque no sabemos qué está pasando fuera de la cabeza. No estamos conscientes de las otras personas, de los objetos alrededor, ni de las situaciones en las que estamos.

         Otra analogía de los hábitos de pensamiento es la de una historia que protagonizamos y repetimos, como un robot que ha sido configurado para comportarse y responder siempre de la misma manera. Los hábitos de pensamiento se convierten en narrativas sobre nosotros mismos, sobre nuestro carácter e identidad.

         Algunos pensamientos vienen de procesos complejos que tienen su base en la infancia. Son ideas, valores y narrativas que heredamos de nuestras familias, amigos y maestros. A veces son estereotipos impuestos por la cultura.

         De alguna manera son adicciones. Somos adictos a nuestros modelos narrativos, a las explicaciones de quienes somos, a una identidad fija que, al final de cuentas, puede perjudicarnos.

         Yo tengo, por ejemplo, la tendencia a obsesionarme con la justicia. Cuando presencio una situación de desventaja, no puedo dejar de pensar en ella: repito la misma escena en mi cabeza una y otra vez. Me lleno de rabia y no logro salir de allí si no hago trabajo interno. Esto sucede porque necesito sentirme una especie de justiciera. No digo que está mal. A veces el justiciero puede defender una causa que necesita ser defendida. Pero cuando me obsesiono y me pongo repetitiva, esta narrativa me perjudica más de lo que me ayuda.

         No estoy diciendo que el objetivo sea dejar de pensar por completo o sentir que los pensamientos son nuestros enemigos. Tampoco digo que está mal tener narrativas (no lo podemos evitar), ni conocer nuestras tendencias. El problema es cuando el diálogo interior se convierte en recriminaciones interminables en las que se conecta una cosa con la otra, cada una más pesimista que la anterior. También cuando nuestra “identidad” nos limita, en vez de expandir nuestras posibilidades.

         No hay que dejar de pensar, pero sí podemos hacer una dieta mental. Un pensamiento trae otro pensamiento y con ellos viene una cadena. La dieta consistiría en reducir la tendencia a buscar conceptos y descripciones para todo lo que vivimos y en atender a la experiencia directa lo más posible.

Ilustración de Laila Saab: https://www.instagram.com/lailasaab_illustrator/?hl=es

Percepciones

         La manera en la que procesamos nuestras percepciones también puede obstaculizar la calma mental. Cuando percibimos con nuestros sentidos una influencia externa, un objeto, persona, o cualquier información, solemos ponerle una etiqueta automáticamente a la experiencia. Esta etiqueta puede ser “bueno”, “malo” o “neutro”.

         Cuando procesamos la información como buena o placentera, nuestra mente reacciona haciendo planes para repetir esa sensación de placer. Cuando es dolorosa, la mente rechaza y evita contactos a futuro. Cuando los objetos son considerados neutros, la mente puede aburrirse y buscar fantasías de repetición de placeres pasados o de futuros imaginados.

         Las sensaciones neutras nos pueden urgir a comer cuando no tenemos hambre o a fumar o a cualquiera que sea nuestro vicio. A veces, sabemos lidiar con el dolor o la incomodidad y con el placer, pero no con la neutralidad. Es como si temiéramos a la calma porque no es tan emocionante como el dolor o el placer.

         Yo tengo la tendencia a fantasear cuando estoy aburrida. Automáticamente me pregunto “¿qué quiero?” y si quiero una pareja, dinero, una experiencia emocionante para el ego, entonces pongo la película de la fantasía y dejo de prestar atención a la realidad. Las fantasías y planes futuros tienen el problema de que nos mantienen en permanente deseo y este estado de deseo se contradice con la calma de la satisfacción y agradecimiento por lo que se tiene.

         Muchas veces necesitamos la información que nos hace evitar el dolor, buscar y planificar el placer. A veces necesitamos pensar a futuro para crear un plan de acción. Podemos usar la imaginación para hacerlo. Pero esto es muy diferente a la obsesión involuntaria que suele secuestrarnos. La fantasía nos suele decir que no tenemos suficientes objetos, éxito, halagos o sexo. A veces es un síntoma que señala una necesidad a la que hay que atender: soledad, amor, espiritualidad. Otras veces es sólo una manera de entretenernos o de hacer movimiento. A la mente le gusta el movimiento.

         Al traer estas percepciones a la consciencia, podemos distinguir cuándo nuestros pensamientos nos están dando información que necesitamos para elucidar lo que queremos y para crear un plan de acción y cuándo estamos evadiendo el presente.

Eventos mentales potencialmente perjudiciales

         Son muchos los eventos que pueden suceder en la mente. Pero hay algunos que son especialmente perjudiciales para la paz mental como la rabia, la preocupación, el deseo neurótico, el aburrimiento y el exceso de recuerdos pasados. Estos pueden ocurrir uno detrás del otro, a la misma vez o por sí solos.

La Rabia

         La rabia aparece porque hay una distribución injusta de bienes o beneficios y/o porque nos sentimos amenazados. Sentimos que no merecemos el trato que nos están dando. La amenaza nos hace sentir miedo y, por lo tanto, tensamos el cuerpo, normalmente la mandíbula, los hombros, el cuello. Podemos sentir una presión en la garganta y en el pecho. El cuerpo se prepara para la pelea o el escape.

         La mente se nubla con emociones tan fuertes como esta porque se enfoca en la persona o institución que nos hizo sentir rabia. Si hablamos con un amigo sobre cómo nos sentimos, solemos ser repetitivos. Nuestra energía está toda volcada en el objeto de rabia.

         Si estamos frente a la persona que nos causa estas emociones, lo mejor que podemos hacer, si es posible, es alejarnos y darnos un tiempo a parte para calmarnos.

         Si nos sentamos a analizar la rabia sin guía podemos terminar dando círculos en la misma pregunta de por qué nos sucede esta injusticia, o cómo puede esa persona comportarse así. Si tuvimos una discusión, la repetimos en la mente infinitas veces. La rabia genera más rabia y el odio genera más odio. Si le damos demasiado espacio, acaparará la mente entera.

         La rabia puede generar odio y el odio genera sufrimiento a otros y a nosotros mismos. Estos estados traen consigo más negatividad, más venganza, más fantasía, menos presencia, más enfrentamientos, vergüenza, culpa. No digo que hay que perdonar, sino que son emociones y pensamientos que necesitan trabajo interior al ser advertidos.

         La rabia, como el deseo que no se puede satisfacer, nos quita la posibilidad de escoger cómo queremos actuar y cómo vemos el mundo. Nos lleva a un estado de egoísmo y ceguera que no nos permite ver a las personas que nos rodean, no nos permite vernos a nosotros mismos. Son estados seductivos que portan muchísima energía.

         La rabia también puede esconder nuestra responsabilidad sobre cómo interpretamos las situaciones, cómo han sucedido los eventos, nuestro lugar y rol. Muchas veces culpamos al otro sin ver nuestra propia capacidad de acción y responsabilidad.

El Cansancio y Aburrimiento

         El cansancio y el aburrimiento son otros estados comunes de nuestro día a día y en la meditación. A veces estamos cansados porque no dormimos bien, pero otras veces sentimos que no estamos siendo lo suficientemente estimulados y entretenidos, o que no nos importa mucho la actividad que estamos realizando[3].

         Sentimos que la vida tiene que ser emocionante. Necesitamos drama e intensidad para sentir que la vida vale la pena, que otros van a pensar que somos interesantes. Pero esta constante búsqueda de entusiasmo y agitación nos tortura también, nos limita y elimina la posibilidad de calma y satisfacción.

         Aquí se mezcla este sentimiento con el deseo de placer. Una respuesta común es la fantasía en la que sucede algo emocionante para el ego. Nos entretenemos con la historia apasionada, la del héroe o heroína, el momento de éxito en el que le mostramos a todos los que nos rechazaron que sí valemos la pena, el momento en el que la persona que nos rechazó nos alaba y hace sentir valiosos.

La Ansiedad y la Preocupación  

         La ansiedad y la preocupación pueden ser producto de la culpa o venir como consecuencia de una situación difícil que estamos viviendo. Nuestro foco es el del objeto de preocupación. Lo repetimos una y otra vez. Nos hacemos la misma pregunta.

         La preocupación suele venir en forma de pensamiento a futuro. Puede ser que estamos en lo correcto al preocuparnos, que sabemos que este evento va a suceder: un examen, un juicio, una pérdida. Pero también podemos preocuparnos por un evento del que no tenemos seguridad. Sólo estamos imaginando escenarios para calmar la incertidumbre, para sentirnos en control.

         La incertidumbre nos hace sentir miedo también y el miedo trae tensión en el cuerpo, la mente nublada, el deseo de escapar o pelear, la obsesión por conseguir respuesta o solución. Pero en estos estados intensos no podemos encontrar respuestas porque no estamos calmados y la creatividad precisa de calma. A veces necesitamos admitir que no vamos a obtener las certezas que tanto queremos.

         Necesitamos paciencia para lidiar con estos estados. También amabilidad con nosotros mismos y confianza en que podemos entrenar la mente para que funcione mejor y para reaccionar más creativamente.

El Deseo

         Muchas veces, cuando no hemos terminado la primera experiencia placentera, ya estamos pensando en la siguiente. Por ejemplo, cuando estamos comiendo algo que nos gusta. No lo disfrutamos porque estamos buscando más, pensando en más o maquinando un plan para conseguir más. Casi siempre, mientras masticamos, estamos preparando el siguiente bocado. Esto nos dificulta la posibilidad de estar presentes y de estar conscientes de lo que estamos viviendo, de los objetos que nos rodean, de la gente alrededor (de escucharla), de nuestro mundo interior (emociones, pensamientos, cuerpo). El mundo, sobre todo las otras personas, se convierten en un medio o un obstáculo para conseguir lo que queremos.

         Si no conseguimos el placer que buscamos repetir, sentimos dolor, y no siempre lograremos repetirlo. De manera, que la búsqueda de placer puede terminar en dolor.

         No se trata tampoco de dejar de sentir placer, sino de reconocer cuándo la búsqueda es neurótica, cuándo no nos estamos permitiendo la experiencia directa. La búsqueda es neurótica cuando el objeto de deseo no sacia. Cuando no sabemos lo que realmente queremos y lo escondemos tras el deseo de sexo, comida, o cualquier placer sensual.

Los Recuerdos  

         Los recuerdos son eventos frecuentes en momentos en los que estamos esperando en tráfico, en una sala de espera, antes de levantarnos en la mañana, en la ducha, o en la noche cuando deberíamos estar durmiendo. A veces estos recuerdos nos causan tristeza si representan una persona, objeto o lugar que ha cambiado o que ya no está con nosotros. El recuerdo nos puede activar el deseo también.

         Otras veces recordamos momentos en los que alguien nos ha hecho daño y esto nos causa rabia y dolor.

            Los recuerdos que nos causan tristeza también pueden ser pesados. A veces vienen acompañados de culpa, arrepentimiento o vergüenza si sentimos que hicimos daño a otra persona o a nosotros mismos.

En la siguiente parte responderé a la pregunta de qué hacer con estos estados mentales cuando se presentan.

Hoy añado dos meditaciones:

-Una para el exceso de pensamientos:

-Otra para la ansiedad durante la cuarentena, pero se puede usar para cualquier evento mental que obstaculice la paz mental:


[3] Especialmente en meditación, que busca precisamente eliminar objetos de distracción y estimulación para lograr la concentración y la familiarización con los procesos mentales. Mientras más distracciones, más difícil será la concentración.

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