Manejando la Ansiedad en Cuarentena

Estoy segura de que no soy la única persona que siente que tiene una mente caótica y fuera de control, pensamientos que van y vienen sin planificarlos. Seguramente te pasado que estás haciendo la lista del mercado, piensas en la comida que te gusta, sería bueno compartirla con alguien que te quiera, “¿por qué todas mis relaciones terminan de la misma manera?”. De repente, imaginas a esa persona que vas a conocer, cómo la vas a conocer. Y ahí te pierdes en la fantasía.

         La mente va y viene como quiere sin pedir permiso. Sobre todo, en momentos como éste. El encierro de la cuarentena nos hace pasar demasiado tiempo en la cabeza, y sin el contacto social y actividades a las que estamos acostumbrados.

         La mente nos lanza a la fantasía, al vacío emocional, a la preocupación y, de pronto, nos quedamos sin saber qué hacer con ese sentimiento de profunda soledad, tristeza o ansiedad.

         Siempre me han interesado las historias sobre personajes de la historia que fueron genios porque siempre quise tener una mente colaboradora, con esa capacidad para resolver problemas, para aprender rápidamente.

         Mi mente siempre había sido caótica. Lograba tener momentos de reflexión inducida, de claridad teórica, pero nunca había tenido paz, fluidez, ni concentración profunda. Yo pensaba que había que ser un genio para funcionar de esa manera, pero no es así. Es posible, para cualquier persona, entrenar la mente como se hace con el cuerpo. Es posible cultivar esa frescura del genio, desarrollar una mente y un corazón plenos, abiertos.

         La mente quiere mantenerse en los estados que conoce, que son los de acción incesante, movimiento, resolución, planificación. Pero, podemos acostumbrarla y entrenarla para que no sea ella la que nos domina, sino que nosotros la usemos a nuestro favor. La mente es una extraordinaria cuentacuentos. Sin consultar con su huésped, lo lleva a imaginarse cualquier cantidad de escenarios espantosos, maravillosos, a narrarse a sí misma y a imponer conceptos y definiciones en todo lo que ve.

         Hace seis años, cuando comencé a revisar mis eventos mentales, lo hice desde la desesperación y la depresión. Mi mente se concentraba en escenarios pasados y futuros en los que algo terrible sucedió o sucedería, o en lo inadecuada y fea que era, en que no podía conseguir trabajo porque no sabía moverme en el mundo, en que mis amigos ya no me querían porque estaba lejos. Un pensamiento me enganchaba con otro y otro, hasta que me daba un ataque de pánico.

La observación de eventos mentales se suele hacer durante la meditación, pero también se puede desarrollar en las experiencias cotidianas.

Se ha comprobado en múltiples investigaciones, a lo largo de las últimas décadas, que la meditación tiene resultados beneficiosos y perecederos en la salud mental. Puede ser engorrosa si tienes una expectativa muy estricta de cómo debe ser, pero una vez que apartas cinco minutos para sentarte contigo como si fueras un amigo, sin hacer más nada que sentarte contigo, ya estas meditando. En algunas tradiciones budistas, “sólo sentarse” es considerada una práctica por sí misma.

         Las respuestas más comunes cuando menciono la palabra “meditación” son: “he intentado meditar y no lo logré”, o “meditar es para un cierto tipo de persona”, o “siempre me quedo dormido”. Entiendo que es una palabra cargada porque se considera que el objetivo de la meditación es vaciar la mente, se cree que es difícil, imposible, aburrida. Pero la exploración misma de esas reacciones y expectativas puede ser fructífera.

Preocupación en cuarentena

         ¿Qué hacer con la preocupación y con las demás emociones difíciles que se presentan en la cuarentena?, ¿Cómo se pone en práctica esa atención y exploración de la que hablo? Hay varias opiniones sobre lo que debemos hacer con la mente cuando nos atormenta, con emociones difíciles y pensamientos desbocados.

         Por ejemplo, es muy común tener la concepción de que nuestras emociones nos pueden “envenenar”. Sobre todo, la rabia, el miedo y la vergüenza. Es frecuente rechazar una emoción que nos hace sentir incómodos, que nos hace sentir mal acerca de otras personas o de nosotros mismos.

         Se puede pensar que hay que sacar la rabia del cuerpo antes de que se convierta en un cáncer. Si no expulsamos la rabia hablando (o gritando) a la persona que la causó, entonces tenemos que golpear algún sofá o colchón hasta que no haya más rabia acumulada en el cuerpo.

         El problema con esta perspectiva es que mientras más expresamos la rabia, más pensamos en la injusticia y más rabia sentimos.

         Otra solución se piensa que es la de “controlar” las emociones. Negar emociones puede ser un hábito adquirido en la infancia. Si no tuvimos una buena educación emocional, aprendimos a esconder lo que sentimos hasta de nosotros mismos. Yo solía ser muy convincente. Tuve que aprender, no sólo a admitir que sentía, sino también a reconocer cada emoción.

         También se considera que las emociones se pueden controlar a través de la meditación o la oración, entregándonos a un poder superior. Podemos entregarnos a un dios o a la energía que nos dio vida y desvanecer el ego en esa unión. En nuestra cultura se plantea que la mujer “necesita” una fusión similar con la pareja para sentirse completa.

         Se considera entonces que, si tenemos una preferencia religiosa o espiritual, nuestra fe puede servir de cura para los pensamientos y emociones difíciles. Si no hay ego, no hay emociones.

         Es cierto que a través de la meditación y la oración se pueden lograr estados de unión y plenitud. Muchas personas consideran que ese es el objetivo de todas las meditaciones y buscan alcanzar, a través de ella, un sentimiento de unión con las energías creadoras o Dios: una especie de vuelta al vientre materno, a la fuente primaria. Si nos sentimos uno con el universo no nos sentimos uno, sino “Todo”. Si somos “Todo” no tenemos que preocuparnos por una pequeña emoción humana.

         El problema es que esto puede llegar a convertirse en una manera de evadir las emociones y pensamientos indeseados. Esta entrega a la fe puede ayudar en momentos en los que la aflicción es demasiado intensa. La fe puede contribuir enormemente a la recuperación, pero es posible conseguir a la par de ella, o sin ella, una relación más efectiva, preventiva y que mantenga sus efectos a largo plazo.

Atención plena

         El método de la “Atención Plena” o Mindfulness brinda la oportunidad de lidiar con las dificultades de una manera que puede abrir espacio mental para la concentración y para la creatividad, y que trata con cada evento mental sin evadirlo.

         Si seguimos esta técnica meditativa, cuando sentimos una emoción difícil o nos obsesionamos con un pensamiento, no lo ignoramos, ni nos descargamos, sino que atendemos a la experiencia presente, saboreando la incomodidad o el dolor en vez de negarlo. Incluso cuando no nos gusta el sabor.

         La atención a lo que ocurre momento a momento nos mostrará cómo los pensamientos y emociones a los que tanto tememos no son permanentes.

         La mente querrá poner las sensaciones en palabras, pero eso sería una entrada al pensamiento otra vez. En vez de conceptualizar, permitamos la experiencia directa.

         Otra tendencia es la de juzgar: “No me gusta sentirme así”, “¿Por qué tengo que sentir esta tristeza?”, “¿Por qué no puedo ser como las personas que veo en Facebook que se ven tan contentas?”. Estos juicios nos dificultan más la experiencia directa y la posibilidad de calmarnos. La desesperación por sentirnos como nos sentimos sólo empeora la dificultad inicial.

         En nuestra cultura se favorece lo racional y se considera que lo emocional es dramático e injustificado. Esto influye en nuestras tendencias hacia la negación de emociones y a pensar que la mente es productora de la racionalidad y la lógica solamente. Considerando, por lo tanto, que es siempre racional y organizada.

         Es cierto que gracias a la mente logramos argumentar, imaginar y procesar información. Pero ella también nos impulsa a la obsesión innecesaria con los objetos externos que nos causan placer o dolor, puede distraernos de la experiencia directa de la vida al enfocarnos en planes y fantasías sobre un futuro en el que todo será mejor o peor.

         Para comenzar el trabajo de Atención Plena y presencia la primera instrucción es atender a la respiración, a la experiencia directa de inhalar y exhalar. Si anclamos nuestra atención en ella lo más posible durante el día, cada vez que lo hacemos, ya estaremos fuera de la habladuría de la mente y tendremos más control de nuestro estado de ánimo.

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